Entrevista: Mariano Barroso dibuja 'La línea invisible'
  • Tonio L. Alarcón

Entrevista: Mariano Barroso dibuja 'La línea invisible'

Cuando la crisis empezó a hacer mella en su carrera cinematográfica, Barroso pudo refugiarse en el teatro y la enseñanza. Sin embargo, adaptar El día de mañana de Ignacio Martínez de Pisón para Movistar+ parece haberle revivificado profesionalmente: además de crear la parte española de Criminal, de Netflix, está ultimando una nueva miniserie para Movistar+, La línea invisible.

LA LINEA INVISIBLE/Movistar

– ¿Por qué habéis considerado que era el momento adecuado para tocar un tema tan sensible como el de la formación de ETA?

– No sé si es el momento, pero sí creo que ha transcurrido el tiempo suficiente como para poder mostrar un relato de ficción que, como este, de forma paradójica, nos sirve para ordenar el caos de la realidad. Lo que hemos intentos con esta serie es darle un poco de sentido a nuestra historia reciente, de manera que la podamos, de alguna manera, digerir. Creo que el tema está lleno de incógnitas, y aunque, curiosamente, tenemos muchísima información de todo lo que ocurrió después, hay un desconocimiento tremendo sobre cuáles fueron los orígenes de ETA. Allí estaba, es verdad, el germen de todo lo que pasó después, pero hay muy poca gente que sepa cómo se inició realmente todo.

– ¿Cómo os habéis documentado?

– Lo cierto es que yo entré en una fase en la cual el desarrollo estaba muy avanzado, en la que había gente que se había documentado muy bien durante el proceso, especialmente Abel García Roure, el autor de la idea original, y un gran conocedor de aquella época. Aun así, hemos hablado con gente que estuvo implicada directamente en la historia, que conoció de primera mano a alguno de los personajes que aparecen en la serie. Así que puede decirse que nos hemos documentado a nivel histórico, pero también a nivel personal y, sobre todo, respecto al impacto emocional, que al fin y al cabo es lo que más ayuda a contar una historia con imágenes y sonido. Lo cierto es que hemos pasado mucho tiempo allí, en el País Vasco, con gente que había estado involucrada en todo el proceso que describimos y, sobre todo, muchos de los compañeros de la gente de la que aquí hablamos.

– Uno de los aspectos más llamativos de La línea invisible son los inevitables paralelismos con la situación actual…

– Puede decirse que tenemos la facultad de jodernos la vida. Al asumir el proyecto, me pareció que uno de los enfoques más enriquecedores de esta historia era asumir que tiene mucho de tragedia griega. Creo que lo que pasó ahí, y lo que ha ocurrido durante muchos años, está muy relacionado con una historia como Romeo y Julieta. Me parece trágico que existan dos partes de un todo que sean incapaces de sentir empatía hacia el otro, y que todo eso les lleve al límite. Me fascina la capacidad del ser humano para sentirse legitimado a provocar destrucción, y sobre todo para ignorar una frase de Gandhi que a mí me impactó mucho, y que decía que, por una causa, uno siempre debe estar preparado para morir, pero nunca para matar. Esa ausencia total de empatía, esa incapacidad para sentir el dolor ajeno, me parece tremenda. A nivel vital y humano me parece algo insoportable, pero en lo cinematográfico, me parece de una riqueza extraordinaria, sobre todo porque la ficción te permite abordar asuntos que intentas eludir dentro de tu vida cotidiana. Creo que ahí están justamente las mejores historias: cuando te dan pie a explorar preguntas que no tienen respuestas, situaciones que no tienen solución, y conflictos enconados entre dos partes, dos fuerzas, dos mundos. En La línea invisible están todos esos componentes, con una sociedad entera atrapada por culpa de una división, inmersos en un enconamiento brutal que, por suerte, ahora ha variado mucho. Para bien.

– Como ocurría en El día de mañana, los personajes se caracterizan por su ambigüedad. Nada es blanco ni negro, todos tienen zonas oscuras y luminosas…

– Claro. Lo que me interesa explorar es que un torturador también tiene su corazoncito, o que un chico que mata a una persona, pues también tiene una madre a la que quiere. Así estamos hechos. Cuando más alejado estén lo moral y lo humano dentro de una persona, más enriquecida queda la ficción a nivel dramático. Ese es el terreno en el que debemos profundizar. Por suerte, las series nos permiten explorar todas esas facetas, esas capas que nos conforman nuestra globalidad. Podemos ser tantas cosas, que a veces creo que, en cuanto a posibilidades, podríamos ser infinitos. En una serie, un personaje puede hacer en el primer episodio lo opuesto a lo que hará en el cuatro, y puede defender una causa y condenarla tres capítulos después. En ese sentido, las series son una maravilla, porque nos permiten desplegar mucho más la historia que los largometrajes, porque el formato y el tiempo nos lo permiten. Al fin y al cabo, dentro de cada uno de los bandos de La línea invisible hay contradicciones: no todos los personajes opinan igual, todos están en conflicto unos con otros, incluso con ellos mismos… Ese es el motor, al fin y al cabo, de las historias que contamos.

– Ya que sacas a colación el tema, ¿cuáles crees que son las principales diferencias entre desarrollar una historia para cine y hacerlo para televisión?

– Desde el punto de vista de la narración, creo que es fundamental el asunto del tiempo. Una serie te permite un formato de gran novela, en el que puedes extender las peripecias de los personajes. Pueden hacerse, de hecho, a veces casi interminables: al fin y al cabo, hay series de ocho, de veinte temporadas… Eso es algo que el cine raramente se puede permitir, porque manda la industria de la distribución y estamos obligados a utilizar unos formatos mucho más condensados. En cambio, en las series pasa todo lo contrario, que las plataformas lo que quieren es más y más tiempo de emisión. Y eso, bien utilizado, convertido en virtud, te permite desplegar todas esas tramas y ramificaciones que, en el caso de La línea invisible, serían inarbarcables para una película. Todo lo que contamos aquí sería muy difícil meterlo en un largometraje de hora y media, de dos horas, porque la historia tiene muchas ramificaciones, y cada una de ellas con sus recovecos, sus giros, sus idas y venidas… Lo cierto es que me parece un privilegio poder hacer series, porque te permiten, como digo, profundizar en los relatos.

– Has trabajado en televisión desde los inicios de tu carrera, con Las chicas de hoy en día. ¿Cómo has vivido la evolución de la industria y del lenguaje televisivo?

– La irrupción de las plataformas nos ha permitido algo que estaba un poco olvidado, que es atender al espectador llamado adulto, que tiene dificultades para ir al cine por edad, por geografía, por tiempo… Y que, en cambio, tiene una educación cinematográfica que le permite seguir una narración cinematográfica compleja, en la que tanto personajes como historias no van dirigidas a adolescentes, sino a adultos. Se trata de un tipo de público al cual el cine, por las circunstancias de la industria de la producción y la distribución, ha abandonado precisamente porque no puede acudir a las salas, y que gracias a las series se ha reencontrado con la ficción audiovisual. Y eso para mí es una alegría, como cineasta y como espectador. Porque, en las plataformas de streaming, yo puedo ver un tipo de historias que hace tiempo que no se hacía. Porque el tipo de relato que a mí me gusta ver es también el que me gusta hacer. Creo que, por suerte, se ha abierto mucho el abanico del público. Cierto es que tiene el coste de que mucha gente le está dando la espalda a las salas, pero se trata de un fenómeno imparable que tiene mucho que ver con la evolución lógica de los tiempos. Respecto al lenguaje, creo que el hecho de que se hagan historias sin el lastre de tener que ser generalistas, que no le tengan que gustar a todo el mundo, sino que se puedan seleccionar por segmentos, por tipos de público objetivo, permite que el público pueda escoger mejor lo que ve. Para el espectador todo son ventajas, pero también para los profesionales, porque ahora hay más trabajo que nunca. Quizás el mayor precio es que se ha abandonado el cine más personal, y eso es algo que siempre hay que lamentar.

– Vuelves aquí a colaborar con el guionista Alejandro Hernández. ¿Qué es lo que te aporta para que repitas tantas veces con él?

– Me entiendo muy bien con Alejandro, y juntos inventamos situaciones que nos fascinan, nos divierten… Es muy brillante escribiendo diálogos, pero sobre todo inventando situaciones inesperadas, llenas de sorpresas, rompiendo con lo que generalmente esperas que se produzca dentro de una situación. El espectador está tan acostumbrado a ver ficción en cine y televisión que, sin darse cuenta, se anticipa a los acontecimientos. Y Alejandro es muy brillante a la hora de jugar con lo que el público espera, que es donde yo creo que se nota el auténtico talento de un guionista. Pero además, tiene un talento especial para humanizar a sus personajes de forma inesperada, sacando a relucir sus fragilidades.

– A nivel de descripción de ambientes, La línea invisible sigue mucho la línea de El día de mañana. ¿Ambas series se han influido de alguna manera?

– Ahí se cruzan un par de cuestiones. Por un lado, es una época que me fascina, porque entonces yo fui niño y adolescente, así que tengo miles de imágenes en mi cabeza. Además, es una parte de nuestra historia reciente que está muy poco contada en cine y en televisión. Se ha hablado de ella, pero hay un cierto vacío porque no se ha profundizado en que, como yo creo, explica muchas cosas respecto a lo que ahora somos. Y por otra parte, a un nivel más práctico, lo cierto es que he trabajado con el mismo equipo con el que hice El día de mañana: el director de arte, la diseñadora de vestuario, el director de fotografía, el director de la segunda unidad… Y sin duda, eso marca el estilo de la puesta en escena.

– Como en El día de mañana, la ambientación de época es impecable. ¿Habéis utilizado CGI para adaptar algunas de las localizaciones?

– Sí, mucho. De hecho, todavía estamos ultimando los efectos especiales. Es que no sabes hasta qué punto han cambiado las ciudades. Es cuando te pone a trabajar de forma específica, en situaciones concretas, es cuando te das cuenta de lo diferentes que son las aceras, la carreteras, los paisajes… Ha habido que borrar digitalmente muchísimas cosas, tanto en El día de mañana como en esta serie, porque en los años 60 estaba todo muy vacío, muy limpio y claro, había muy poco elementos en el paisaje. Incluso había muchos menos coches. Fue después, en los 80 y en los 90, cuando todo empezó a saturarse visualmente. Yo creo, de hecho, que es más fácil hacer una serie de la época medieval que una ambientada en los años 60. Porque quedan muy pocas cosas de la época, y en cambio, lo que queda de la memoria medieval, está muy bien conservado. Así que nos está dando mucho trabajo, pero lo cierto es que resulta fascinante poder construir mundos a través de la tecnología digital.

– También me han parecido espléndidos los acentos de los actores de fuera del País Vasco. ¿Cómo lo habéis trabajado?

– Hemos contado con asesoramiento a ese respecto de un especialista, Josean Bengoetxea, un amigo que, además de actor, también es coach, así que nos ha ayudado mucho a unificar los acentos y no caer en la…

– ¿Exageración?

– Exacto, en la exageración. Hemos trabajado mucho a ese respecto. Algunos de los actores son vascos, pero otros han trabajando a tope el acento para hacerlo real, para llevárselo a su terreno. Lo cierto es que le hemos dedicado mucho tiempo al tema en los ensayos previos.

– ¿Tienes algún otro proyecto por delante, en Movistar+ o para cine?

– Estoy con varias cosas, pero no hay todavía nada cerrado. Y ya sabes que, hasta que no tienes algo asegurado, mejor no nombrarlo… Ahora mismo estoy muy volcado en acabar La línea invisible, ultimando las mezclas y los efectos digitales para poder lanzar la serie a tiempo.


Artículo escrito y editado antes de la solicitud de ERTE de la compañía

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