Pantalla 90: 'El silencio de los corderos'
  • Tomás Fernández Valentí

Pantalla 90: 'El silencio de los corderos'

Este famoso “thriller” dirigido por Jonathan Demme y protagonizado por Anthony Hopkins y Jodie Foster fue uno de los grandes éxitos de la década de 1990, ganó cinco Oscar y se convirtió de inmediato en uno de los títulos míticos del cine de los noventa.

THE SILENCE OF THE LAMBS/Orion

En más de una ocasión el realizador Jonathan Demme ha comentado que, antes de hacer El silencio de los corderos, jamás se había sentido atraído por el tema de la psicopatía criminal.

“Si me hubiesen hablado, simplemente, de rodar un film sobre una muchacha que se dedica a perseguir a un psicópata cuyo “hobby” consiste en despellejar a sus víctimas", recordaba, "hubiese dicho inmediatamente que no. Pero los de Orion Pictures fueron muy astutos conmigo: me enviaron el guion sin darme mayores explicaciones. Me lo leí de un tirón, encontrándome agradablemente sumergido en una historia apasionante, con un personaje femenino fuerte y bien definido, muy superior a la mayoría de héroes masculinos que pueblan el cine policíaco de hoy”.

El guion que había captado su atención, escrito por Ted Tally, era una fiel adaptación de una novela de Thomas Harris publicada con gran éxito en 1988 en Estados Unidos y que conocería una primera edición española, dos años después, con el título de El silencio de los inocentes.

Curiosamente, la primera persona que consideró la posibilidad de llevar al cine este intrigante argumento sería nada menos que el actor Gene Hackman, quien se sentía tan atraído ante la perspectiva de interpretar al Dr. Hannibal Lecter, Hannibal el Caníbal, que llegó a comprar los derechos cinematográficos de la novela.

Sin embargo, tras conseguir una candidatura al Oscar por su papel en Arde Mississippi (1988), Hackman creyó que rodar a continuación otro thriller sería repetitivo y acabó cediendo los derechos a la productora Orion, que sería la que haría la película.

Uno de los mayores aciertos de El silencio de los corderos reside en la idoneidad de su pareja protagonista, Jodie Foster y Anthony Hopkins, en los respectivos papeles de la agente del FBI en prácticas Clarice Starling y de Hannibal Lecter, mas por una de esas casualidades típicas de Hollywood ninguno de los dos fueron los primeros candidatos a esos papeles.

Mike Medavoy, jefe de producción de la Orion, estaba firmemente convencido que la actriz perfecta para interpretar a Clarice era Michelle Pfeiffer y, en un primer momento, el propio Jonathan Demme, que había quedado muy satisfecho con su trabajo en Casada con todos (1988), aprobaba la idea.

Sin embargo, sería la propia Pfeiffer la que se encargaría de enfriar sus expectativas anunciándoles que se negaba a hacer el film porque su trama le parecía demasiado escabrosa.

“Creo que la historia le asustó un poco", declararía luego Demme. "La encontraba muy negra. También le molestaba el personaje de Lecter que, según ella, le hacía sombra al de Clarice”.

Pero el realizador todavía guardaba un as en la manga: Jodie Foster, que tenía conocimiento del proyecto y, tras citarse un día con Demme, le había dicho que estaba enormemente interesada en el mismo.

"Al despedirnos, me dijo simplemente: 'En todo caso, si la persona en la que piensas no lo hace, sabes que es un papel que me interesa mucho'. Creo que por su parte fue un gesto de humildad, ya que acababa de ganar el Oscar por Acusados y aceptaba su condición de sustituta”, explicó Demme.

Más conflictiva resultó la elección de Anthony Hopkins para encarnar a Lecter, no sólo porque su nacionalidad británica no le hacía idóneo para interpretar a un personaje norteamericano, sino sobre todo porque, a pesar de ser un actor de notable prestigio, su carrera en el cine había sido, hasta la fecha, poco relevante.

Mike Medavoy había pensado en Robert Duvall para hacer de Lecter cuando Michelle Pfeiffer aún estaba en el proyecto, por lo que se quedó desagradablemente sorprendido cuando Demme le informó que Anthony Hopkins era su primer y único candidato válido para el papel.

“¡Joder!", le dijo al realizador. "Él es británico. Necesitamos a alguien auténticamente siniestro. Como Karloff o Tony Perkins. Siniestro y sufrido, con una pizca de algo despreciable…”.

Pero Demme lo tenía muy claro: “Si pensé en él fue por dos razones fundamentales. Una es que se trata de una persona que transmite una enorme inteligencia. Hay algo en él que te hace pensar que se trata de un hombre mucho más listo que tú. Esto es fundamental en Lecter, alguien que es, desde luego, más inteligente que casi todas las personas con las que se enfrenta, y quizá eso sea lo que le atrae de Clarice, una mujer cuya mente tiene un gran potencial. La otra cualidad es la gran humanidad y sensibilidad de Anthony, bastante evidente en películas como El hombre elefante. Fue esa mezcla de humanidad e inteligencia la que me hizo pensar que sería imposible superarle en el papel del doctor Lecter”.

El silencio de los corderos se benefició de la buena concordia profesional establecida desde el primer momento entre sus responsables. Michael Feeney Callan, en la biografía de Anthony Hopkins publicada en España por Ediciones B en 1994, explica que la interpretación de Lecter llevada a cabo por el actor estaba parcialmente inspirada en la que había realizado un par de años antes de Lambert Le Roux, protagonista de la obra de teatro de David Hare y Howard Brenton Pravda, en la que Hopkins había tenido la ocurrencia de encarnar a Le Roux como si fuese “un reptil”.

“La idea del reptil resultaba fascinante", afirmaría luego Hare, "porque él la elaboró y la amplió para Hannibal Lecter en El silencio de los corderos. Howard Brenton me telefoneó después de ver la película y me dijo: '¿Has visto lo que hizo? En Pravda sólo lamía a los actores. ¡En ésta les arranca los labios a mordiscos!'".

Precisamente fue la implicación de Hopkins en el papel de Lecter la anécdota más fascinante del rodaje de El silencio de los corderos que, por lo demás, se produjo sin mayores incidentes.

Desde el primer día de trabajo, el actor sorprendió a propios y extraños, incluso a Demme, presentándose en el plató literalmente transformado en su personaje.

Hopkins se sentía tan imbuido por Lecter, y eso le divertía tanto, que llegó a asustar a todo el mundo llegando cada mañana y saludando con la voz del caníbal –Hola, chiiicos”– y con una entonación que, según él, estaba inspirada “en la computadora HAL de 2001…, la película de Stanley Kubrick: una voz fría, mecánica, exacta. Aterradora”.

Un técnico del equipo llegó a declarar que “lo mejor era cuando lo metíamos en la celda. No te sentías realmente cómodo hasta que quedaba encerrado bajo llave”.

Por si fuera poco, para terminar de “ambientar” la cosa, también estuvo presente en el rodaje el famoso realizador de cine de terror George A. Romero, dado que la filmación tenía lugar en Pittsburgh, ciudad natal del director de La noche de los muertos vivientes, el cual a petición de Demme terminó aceptando un breve papel como un agente que, en un momento del film, escolta a Clarice camino de una de sus entrevistas con Lecter.

Demme y la decoradora Kristi Zea habían tenido la idea de que la celda de Lecter en el manicomio no estuviese cerrada con barrotes, sino con una lámina de grueso cristal, pero parece ser que fue una sugerencia de Hopkins el presentar por primera vez al personaje en su cautiverio “tan digno y fiero como una pantera enjaulada”.

Foster también quedó enormemente satisfecha con el resultado de la película, aunque en un primer momento llegó a declarar que “Clarice Starling no es el tipo de papel por el que te den un Oscar” (sic).

Sin embargo, el 30 de marzo de 1992, el film, que recaudó 272.7 millones de dólares en todo el mundo (518.3 millones de hoy), ganaba nada menos que cinco estatuillas, las correspondientes a película, director, actor, actriz y guión adaptado.

El silencio de los corderos es, por lo que se ve, un buen trabajo obra de un equipo de competentes profesionales –a los citados cabe añadir al operador Tak Fujimoto y a Howard Shore, autor de la absorbente partitura del film–, que no un logro personal de su realizador, por más que su labor de coordinador de talentos tampoco merezca caer en saco roto.

No obstante, por más que sea una película cuya paternidad deba repartirse equitativamente entre muchos nombres, ello no obsta para que se trate de una obra densa y atmosférica, cuyo mayor acierto consistió en la creación de un personaje fundamental dentro del cine dedicado al serial killer: Hannibal Lecter.

El silencio de los corderos “es” Lecter: sin él probablemente no estaríamos hablando del mismo film.

Brillante, ingenioso, genial y deductivo, el horror del personaje de Lecter brota, precisamente, de todo lo que tiene de atractivo para el espectador. Caníbal sanguinario y sin piedad, la fascinación que desprende Lecter no brota tanto de la crueldad de sus crímenes como, sobre todo, de la absoluta falta de prejuicios o de remordimientos de conciencia de los que hace gala.

En este sentido, dos de los aspectos más logrados de la película residen, por un lado, en la contención con que están visualizados los crímenes de Lecter o los de “Buffalo Bill”, el otro asesino en serie del relato, lo cual confiere una tensión adicional a la trama (el espectador siempre tiene un resquicio para imaginarse así las más terribles atrocidades); y por otro, el contraste entre la joven pero tenaz Clarice y el frío y enigmático Lecter durante sus largas conversaciones, estableciendo un diabólico juego de intercambio intelectual y emocional: un quid pro quo que sugiere la cercanía que se produce entre el psicópata sin alma y la agente traumatizada desde su infancia.

El silencio de los corderos nunca hubiese existido de no haber sido por la turbulenta imaginación del escritor norteamericano Thomas Harris, nacido en el estado de Mississippi y que se inició en el mundo del periodismo cubriendo sucesos criminales a lo largo de los Estados Unidos y de Méjico antes de trabajar como reportero y redactor jefe de la agencia Associated Press de Nueva York.

La relación de Harris con el cine ha sido breve pero intensa, dado que las cuatro novelas que ha escrito han sido todas llevadas al cine. La primera sería Domingo negro, publicada en América en 1975 y llevada al cine por el realizador John Frankenheimer en el film del mismo título, un espectacular relato de terrorismo realizado en 1977 y protagonizado por Robert Shaw, Bruce Dern y Marthe Keller.

Más importante, por lo que ahora nos ocupa, sería la siguiente: El dragón rojo, en la que aparecía por primera vez el personaje de Hannibal Lecter y centrada, asimismo, en la búsqueda y captura de otro asesino en serie, el Dragón Rojo del título.

La novela sería llevada al cine en 1988 por Michael Mann, el futuro director de Heat y El dilema, con el título de Manhunter, en versión original, y tan solo Hunter entre nosotros.

Este film, no exento de interés, se saldó pese a todo con un fracaso comercial y estaba protagonizado por William Petersen, como el agente de policía protagonista, y Tom Noonan como el diabólico Dragón Rojo.

Por su parte, el actor escocés Brian Cox, visto en títulos como Agenda oculta y Memoria letal, tendría el honor de ser el primer intérprete cinematográfico de Lecter.

La tercera y cuarta novelas de Harris son, por descontado, El silencio de los inocentes, luego reeditada en España con el título de la película de Demme, y su continuación, Hannibal, que en 2001 dio pie al film homónimo de Ridley Scott, protagonizado de nuevo por Anthony Hopkins y, en esta ocasión, con Julianne Moore sustituyendo a Jodie Foster en el papel de Clarice Starling.

Posteriormente, Dino y Martha de Laurentiis, productores de Hannibal, llevaron a cabo una nueva versión de El dragón rojo (2002), dirigida por Brett Ratner, contando una vez más con Hopkins como Lecter (si bien en un rol más secundario), acompañado en esta ocasión por Edward Norton y un excepcional Ralph Fiennes como el demente asesino en serie cuyo apodo da título al relato; y, más adelante, reincidieron en el tema con una precuela, Hannibal: El origen del mal (2007), firmada por Peter Webber y con el francés Gaspard Ulliel como el joven Lecter.

Recordemos, asimismo, la serie de televisión Hannibal (2013-2015), con Mads Mikkelsen como el caníbal.

El díptico de Harris sobre Lecter, sobre todo El silencio de los inocentes, recoge ideas tomadas de un acervo cultural previamente transitado por casos reales como el de Ed Gein, el famoso asesino de Wisconsin y personaje central de una reciente película dirigida por Chuck Parello (“Buffalo Bill” y sus “trajes de mujer” a base de piel femenina están claramente inspirados en los crímenes de Gein); mientras que, por otra parte, el film de Demme es heredero directo de una larga tradición cinematográfica sobre la psicopatía criminal que cuenta con jalones tan influyentes como Psicosis (Alfred Hitchcock, 1960), Deranged (Jeff Gillen y Alan Ormsby, 1973) o La matanza de Texas (Tobe Hooper, 1974), por más que El silencio de los corderos haya acabado generando su propia descendencia.

Aunque por desgracia han abundado, y abundan, los subproductos, en el balance de lo positivo hay que señalar la influencia positiva que ha ejercido sobre posteriores películas tanto o más interesantes que la de Demme, quien falleció en abril de 2017 a los 73 años, como Jennifer 8 (1992), de Bruce Robinson, o Seven (1995), de David Fincher, y en la caracterización de los ambientes y los personajes protagonistas de la famosa serie de televisión Expediente X: la agente Dana Scully encarnada por Gillian Anderson es una prima cercana de la Clarice Starling de Jodie Foster.

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